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tando culebras y bichos ponzoñosos. Pero es muy cierto que los hay, y que pueden sorprenderle a uno en el mo– mento menos pensado, y que es bien horroroso encontrar– ee de manos a boca con ellos estando solo, de lo cual guar– do triste experiencia, y que, por consiguiente, a toda ho– ra tenemos el alma en vilo. Además, cien por cien más segura es la curación de una herida o enfermedad en la casa, que en estas soledades donde se carece de todo reme– dio, y así es mucha verdad que en esta clase de excursio– nes el misionero lleva la muerte al ojo. Pero nadie se muere sino cuando Dios lo permite, y no hay mejor muer. te· que la de morir por su causa. La causa de Dios me guiaba y no el interés mundano, que quien por mundanos intereses se meta en estos trabajos y peligros es un loco de remate. 4.-«NOSOTROS QUERIENDO A TI MUCHO». Así reflexionando, perdí de vista el nido misional, atravesé la quebrada de Uarak, subí la empinada cuesta de Suapí y corría en alas de mis deseos por su altiplanicie fresca, saludable, de amplios horizontes, alfombrada de hierba marchita y salpicada de hormigueros. Estos hormi– gueros son unas protuberancias de forma cónica y color ceniciento que se levantan sobre la tierra hasta medio me– tro de altura, fabricados por insectos termítidos con ba– rro y sustancias secretorias de ellos. En Venezuela les dan él nombre. de comején. El día estaba espléndido, alentador. Después de su– bir y bajar otras lomas, estribaciones todas ellas de la cal– va sierra de Chirikayén, llegamos al caserío de Arapueta, .sito en la margen de un riachuelo arenoso, gracioso, ca– prichoso, que lleva el mismo nombre. Habíamos camina- 165

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