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cortés en la forma de hacerlo. Al perdonar no hiere _ni humilla sino que anima y gana el corazón de los perdonados. No es como nosotros, que nos sentimos molestos ante la ofensa y, cuando perdonamos, cau– samos la sensación de que estamos realizando un ac– to heroico. El perdona con naturalidad. No aprovecha la ocasión para eéhar en cara la inexperiencia o la terquedad del hombre. No da "desplantes" de sabidu– ría o de experiencia madura: "Ya te lo decía yo", "Por fin te has dado cuenta por ti mismo", "Bien, te perdo– no, pero que sea la última vez". Los hombres somos rencorosos y no acertamos con frecuencia a hacer las cosas de un modo perfecto. El Pad"e de! Evangelio no echa en cara al hijo pródigo su culpabilidad. No le dice: "Pero, hombre, ¿no que– rías ser libre? Mira adónde te han llevado tus pasio– nes". Senci !lamente, se pone loco de contento y man– da celebrar fiesta porque ha recuperado al hijo. Sí, son felices los misericordiosos. Los que, siendo limpios, transparentes, leales, fieles, veraces y santos saben comprender el mundo de los bajos fondos con toda su suciedad y su tristeza. Y son felices porque pueden sembrar la alegría, la esperanza y la paz en el corazón de sus hermanos. Los santos son, con Cris– to, quienes mejor han conocido a los hombres y -sin embargo o quizá por ello- los han amado tanto que han dedicado su vida a rehabilitarlos, a levantarlos, a convertirlos de guiñapos en hombres buenos y en hi– jos de Dios. Son felices los misericordiosos por el bien que ha– cen y por la esperanza cierta de que Dios será mise– ricordioso con ellos. 85
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