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questado, casi nunca falla. Cuando la opos1c1on sube a: poder, las cosas siguen igual porque hay proble• mas estructurales y de fondo que no dependen del partido, sino del sistema. Y la rueda sigue ... El caso es que los ánimos se cargan de energía política y polémica y se llega, con frecuencia, al en– frentamiento personal, a la denuncia de fallos perso· nales e, incluso, a la ofensa personal. Este es el he· cho histórico que se repite en cada campaña. Se pasa de las instituciones y de los programas de partido a la vida privada. Y el pueblo ya no hace caso porque entra en las reglas del juego. Cada partido tiene la oportunidad de exponer su ideario y de publicar su programa político. Es justo para que el electorado pueda comparar y decidirse. Y después de estas jornadas agotadoras vienen las elecciones en que los ciudadanos votan libremente a su candidato. Y aquí viene el ejemplo de deportividad a que me refiero en el título. Esta deportividad adquiere todo su valor en el contexto de fricción, discursos, polémica y apasionamiento que hemos visto. Es reelegido Nixon. Y Me. Govern, candidato de la oposición, es el prime– ro en estrechar efusivamente la mano de su adversa• río político y darle la enhorabuena porque ha triunfa– do, a pesar de que ese triunfo implica una derrota personal. Este es el juego limpio. Primera regla: defender las propias ideas por todos los medios ortodoxos e in– tentar convencer al pueblo de que su programa es el mejor. Es cuestión de fidelidad a un sistema que se cree el mejor. Segunda regla: Se trata de convencer, no de aplas· tar, no de imponer autoritativa o despóticamente. Se 114
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