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tiende como un tesoro la seguridad y la ortodoxia del dogma y de la moral. Es auténtico el hombre que pre– dica la pobreza, la austeridad de vida y el espíritu re– ligioso y luego vive en austeridad, pobreza y fidelidad a su profesión. Es auténtico quien predica la necesi– dad de nuevas experiencias y luego se complica la vida en busca de nuevos procedimientos renovadores. Otra cosa es que sus criterios sean mejores o peores. Lo importante es que sean consecuentes. Es inauténtico, o lo que es lo mismo, falso, fariseo, mendaz o embustero quien predica la libertad y es ab– solutista en su modo de actuar. Carece de autentici– dad quien sale por los fueros de los menesterosos y pobres y vive con los lujos de los ricos. Es un hipócri– ta quien tiene siempre en sus labios la fraternidad y luego rehuye a sus hermanos en la mesa, en la expan– sión, en la tertulia. Es inauténtico quien se pronuncia demagógicamente por la democracia y luego toma de– cisiones personales de dictador u opta cobardemente por la revancha al ser derrotado en las elecciones. Es inauténtico quien hace proclamas que, en fondo, no le interesan sino para embaucar a los desprevenidos e incautos con propósitos de ave de presa de alta ce– trería. La renovación "adecuada" dirige su convocatoria a todos los auténticos, sin distinción de etiquetas. Porque el hombre auténtico parte de unas cuantas verdades básicas: que la renovación depende de Dios -amor puro a la oración- y de la colaboración de los hombres, de todos los hombres de buena voluntad deliberada vocación de trabajo en equipo para bus– car entre todos la verdad. Quienes no estén dispues– tos a encallecer sus rodillas orando y a quemar su tiempo dialogando con los hermanos y dicen que quie– ren renovación son unos embusteros. 112

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