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Cuando se carece de estas bases, y en particular de la fuerza personal que da el rotundo cumplimiento del deber, las palabras se quedan en latigazos al vien– to. Se hace demagogia, se turban los ánimos, se enar– decen las masas. Pero como no hay base, todo es flor de un día. Quienes se califican a sí mismos como "re– volucionarios", "inconformistas", "progresistas" y eti– quetas parecidas, no son la mayor parte de las veces más que pobres hombres. Son como cohetes y fuegos de artificio que se deshacen en el aire. No tienen ca– tegoría, no tienen contenido, les falta fuerza de testi– monio. Les falta "temple". Y pasan por el mundo sin dejar huella. No resisto a la tentación de transcribir una original opinión del P. Willibrord. Ch. Van Dijk que presenta a Francisco como "contestatario", en una relación pre– sentada al VIII Congreso Mundial de la Asociación In– ternacional de Ciencias Políticas. La palabra "contes– tatario" viene lastrada de rebeldía y de apasionamien– to polémico. Lo curioso del caso es que San Francisco no "contestó" a nadie, en el sentido que se da hoy a la expresión. Sin embargo, toda su vida fue una contes– tación profunda, deliberada, evangélica. Una contesta– ción permanente contra la dictadura de la autoridad como fuerza y dominio, contra la dictadura del dinero y de su extenso reino, contra un orden injusto de co– sas. La reciedumbre del testimonio franciscano y su pu~eza aparecen contrastados por su mismo género de vida. El retorno al Evangelio tuvo una etapa previa de contestación valiente y responsable: rechazo de la riqueza, el poder, las influencias; marginación de las formas burguesas y disponibilidad absoluta al servicio de la Iglesia, con una sana y sagrada independencia 104

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