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que realizan experiencias nuevas y buscan los proce– dimientos aptos para llevar a cabo sus obras, por avanzados que sean. Aquí valdría el argumento de buena voluntad en la polémica cristiana: "Si es de . Dios, de nada sirve que nos opongamos y, si no es de Dios no hace falta que nos opongamos porque se ven– drá todo abajo por sí mismo". San Franc seo ha sido considerado unánimemente como "vanguadista". Se quedan cortos en la aprecia– ción los que así opinan. Era mucho más. En el mejor sentido de la palabra era un "revolucionario", tal co– mo lo entend¡a el colosal y difamado Pío XII. Hizo la revolución más profunda desde Cristo, cambió las es– tructuras en su raíz, promocionó un orden nuevo des– de una perspectiva netamente cristiana. Eso sí, lo hi– zo de un mo:lo delicado, sin arengas mitinescas, sin pretensiones demagógicas, sin las miras puestas en el escalafón. =ue un revolucionario con su figura, con su sencillez, con su testimonio. Fue un hombre autén– tico que plasmó en carne viva el ~vangelio. El testimo,io franciscano se caracteriza por su in– tuición, por su toma de conciencia de los problemas en anchura y profundidad, por la prontitud en tomar decisiones comprometedoras. Era el hombre que leía el Evangelio y reaccionaba sobre la marcha, de lo con– vencido que estaba: "Hermanos, vamos a practicar lo leído". Lee el pasaje de la pobreza y la traduce in– mediatamente en vida pobre. Intuye que el despren– dimiento es libertad y se desnuda de toda posesión, hasta resultar un poco exageradc: se queda desnudo en plena calle. Se convence de la paternidad divina y se siente hermano del hombre y hermano de todas las cosas creadas. Ante un testimonio tan auténtico, el ·pueblo se :ontagia, se entusias'lla y se renueva. Es– ta és su revo·ución. 103
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