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cuando no hay caminos trazados ni rutas seguras. Hay una especie de caída: en el vacío porque el terreno que se pisa es inconsistente. A estas vacilaciones ín– timas se unen las voces hostiles del exterior. El hom– bre que se arriesga y lo juega todo a la carta de lo desconocido, encuentra a su paso la ironía, la reticen– cia, la desconfianza de los demás. Y ¡pobre del que hace caso de los tentadores! Se condena a sí mismo a la ineficacia. Con frecuencia, la tentación proviene de los envi– diosos que quieren cercenar de raíz toda iniciativa ajena. Otras veces, de los cortos que no pueden com– prender las empresas generosas. Otras de los familia– res y amigos que no quieren verse envueltos en el ridí– culo que supondría el fracaso. Lo cierto es que los hombres de temple no suelen ser comprendidos hasta que su obra se impone y obtienen el triunfo. Y en esto consiste precisamente la grandeza de ca– rácter de los hombres de temple: en la capacidad pa– ra resistir las pruebas. El hombre normal se siente de– rrotado y se abandona ante las dificultades. El de temple surge con renovado afán después de cada batalla. Da la impresión de que las dificultades lo hacen más fuer– te, más audaz, más seguro de sí mismo. Francisco resiste las pruebas más crudas con ale– gría y con valor. Renuncia valerosamente a la heren– cia paterna, sabiendo que queda rebajado ante la opi– nión pública. Sigue la "llamada", con la convicción de que el paso decisivo es costoso. Busca la ocasión de quedar en ridículo ante quienes fueron compañeros de juventud y de frivolidad. Tolera pacientemente las bur– las, el cieno, la agresión, el aíslamiento. Y se impone -casi se opone- con una gran libertad de espíritu a los que, guíados por la mejor voluntad, quieren hacer- 100

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