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176 P. PIO M."' DB MONDRBGANES, O. F. M. CAP. blo» (61) «¿Quién de vosotros me argüirá de peca– do?» (62). El Corazón divino es, pues, dignísimo de toda alaban– za por su doctrina, por su conducta, por su santidad, por el cumplimiento de su misión, por su amor ardiente a la humanidad que redimió con su muerte y con su sangre. ¿Qué más podía hacer por nosotros? 2. Dignísimo es, por tanto, el Corazón de Jesús de toda alabanza, de todo honor y de toda gloria. Digamos -con San Pablo: «Bendito sea Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda ben– dición espiritual en los cielos ; por cuanto que en El nos eligió antes de la constitución del mundo, para que fué– semos santos e inmaculados ante El, y nos predestinó en caridad a la adopción de hijos suyos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza ,de la gloria de su gracia. Por esto nos hizo gratos a su Amado, en quien tenemos la redención por la virtud de su sangre, la remisión de los pecados, según las riquezas <le su gracia, que superabundantemente derramó sobre nosotros en perfecta sabiduría y prudencia» (63). 3. Cuanto podamos, amemos los tesoros que encon– tramos en el divino Corazón ; con himnos, cánticos, ora– dones, obras y sacrificios alabémosle. Glorifiquémosle con nuestra conducta, con nuestra vida ejemplar, portán– ,donos como dignos discípulos suyos. Si nuestro amor es verdadero y sinceras nuestras ala– banzas, debemos trabajar para que se extienda su reina– ,do; que sea conocido y alabado por todas las gentes, (61) Jn., VIII, 25-28. (62) Jn., VIII, 48. (63) Ef., I, H.
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