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contemplar los ultrajes, las injusticias, los des– precios y los sufrimientos que cargan sobre su inocentísimo Hijo. Los hijos y las madres se comprenden fácilmente, aun sin hablarse. Eran como dos espejos que se reflejaban mutuamen– te los dolores. ¿Quién puede penetrar y com– prender el dolor de aquellos corazones? Como Jesús debía reparar por los pecados de todo el mundo, así María era su compañera voluntaria en la expiación. Las madres naturales sufren en el alumbra– miento de sus hijos, pero algunas sufren más en atraerles a la vida del espíritu. No son po– cos los que se extravían y andan por el mundo como tantos hijos pródigos. ¡Cuánto trabajan y sufren las buenas madres cristianas. para que vuelvan a la vida de la gracia! (2). La Inmacu– lada no sufrió en el Nacimiento de Jesús, pero sufre en el nacimiento espiritual de los miem– bros del Cuerpo Místico de Jesús. ¡Oh María!, cuánto te costaron nuestros pecados. ¡Cuánto te hicimos sufrir con nuestras iniquidades! Por esa dulce mirada que dirigiste a Jesús, por esos sentimientos penetrantes, obtiene para nosotros del divino Redentor una mirada de misericor– dia, para conseguir el perdón de nuestros peca– dos. San Pedro, cobarde, negó al Maestro, pero Jesús le miró con misericordia, y Pedro lloró amargamente. Maestro divino, mírame también (2) Recuerda la historia de Santa Mónica con su hijo Agustín. - 198 -
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