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obligan a vestir sus propios vestidos, le ponen la corona de espinas y le presentan el instru– mento del suplicio, que los procuradores roma– nos de las Provincias del gran Imperio solían imponer a los agitadores políticos y religiosos de los cuales lograban apoderarse. Todo preparado, se da la señal de partir y se mueve el fúnebre cortejo de la muerte, desde la Torre Antonia o Pretorio de Pilato, y se diri– ge lentamente por las calles más concurridas de la ciudad. El condenado (cruciarius) se entregaba a cua– tro soldados mandados por un Centurión, que era el que debía certificar de la muerte ( exactor mortis). Sobre las espaldas del reo se ponía eI patibulum pesante o el palo transversal (2). Un siervo de la justicia llevaba el título o tablita con la inscripción del motivo de la sentencia. Por el camino se flagelaba al delincuente, si no se había hecho antes. El Sanedrín, los sumos sacerdotes, los escribas, los fariseos y una plebe inmensa formaban el cortejo, clamando justi– cia, haciendo burlas y diciendo sarcasmos. Je– sús, que ya había sido flagelado, que había perdido tanta sangre y había sufrido enorme– mente en el cuerpo y en el alma, camina con di– ficultad y con lentitud. La vía más corta que conducía al Gólgota. (2) Los artistas generalmente representan a Jesús llevan-· do la cruz completa, con los dos palos cruzados. Los his-· toriadores más críticos dicen que llevaba sólo el palo trans– versal, o sea el patíbulum. - 179 -
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