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148 7. Las misiones.-Nuestro celo apostólico no debe limitarse a nuestra familia, a nuestro país, a nuestra nación, debe -extenderse ,a;llende iJ.os ma– res, ¡pasar todos los ,continentes y ilos océanos, dondequiera que se ,encuentre un alma redimi– da por 1 la sangre de ,Cristo. Los misioneros llevan la IJ.uz deil Evang,eiJ.io hasta aos confines de, la tierra, ,para que los que crean, tengan :J.a fe y la gracia, con las cual,es consegui,rán la vida ,eter– na. Por esto vino Cristo, por esto la Iglesia, su Es,posa, manda· a '1os misioneros. No sólo los que ,están en primeras filas, en la v;anguardia del ,ejército de Cristo, trabajan por ese sublime ideal, sino también los que vivtmoa: en la retaguardia del campo católico debemos cooperar con nuestras oraciones, nuestras limos· nas y por todos los medios que estén a nuestrc alcance, para que se extienda el reino de Cristo reino de justicia, de amor, de gracia y de paz. ,Al recordar que existen todavía en el mund, tantos infieles, herejes, cismáticos, judíos, ma hometanos, fuera de la verdadera Iglesia cató lica, podemos repetir las palabras de Jesús: qu la mies es mucha y que los operarios son poco, Roguemos al Señor de la mies que envíe oper2 rios a su viña. EPÍLOGO I. Cómo se pierde la gracia.-Se ipierde por el p cado mortaJ.. E,l que comete el pecado mortal de obédece a Dios; ultraja su bondad; crucifica de nu vo ·a Cristo en su corazón; arroja de sí al Espír:l
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