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mo superior y párroco y, en 1999 tuvo su último destino en el convento de Santander. En esta ciudad cántabra contemplaría los destellos finales que alumbraron el ocaso de su vida. El verano de 2002 se presentó con perspectivas muy oscuras para la salud del hermano Benito. Los religiosos se vieron for– zados a internarle en el sanatorio de Valdecilla, donde se le diagnosticó «hidrocefalia de adultos», enfermedad que le obli– gó a someterse a una intervención quirúrgica. En Valdecilla per– maneció algunos día en espera de recuperación, arropado con la compañía de los religiosos, familiares y la vigilancia de un equipo de tres enfermeras diplomadas. Una vez dado de alta fue trasladado desde el sanatorio a la enfermería provincial de Madrid, adonde llegó acompañado de una enfermera y con los informes clínicos correspondientes, solicitados por el padre provincial. Los religiosos, conscientes de su estado, no perdieron la esperanza de volver a reencontrarse con él en Santander; pero no fue así. Parece que Dios quería premiarle ya sus trabajos y, coincidiendo con la fiesta del Pilar, le llamó a los gozos eternos el 12 de octubre de 2002 , cuando todavía se encontraba en Madrid. En un funeral hermoso y participativo, piadoso y sincero, los hermanos de Santander estuvieron acompañados por un cuantioso número de sacerdotes y feligreses que demostraron lo que significa la pérdida de un sacerdote, de un compañero y de un amigo bueno y trabajador. La predicación popular, los ministerios parroquiales con todas las derivaciones que implican, el servicio a los religiosos como responsable de varias fraternidades, nos vocean la res– puesta eficaz que dio a su vocación como sacerdote y como reli– gioso capuchino. 451

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