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taba uno de los más ancianos, el padre Bernardino de Azpil– cueta . Alguien subió a llamarle y le encontró en la cama. Al ser avisado de que había un incendio, se limitó a contestar: - Ya me parecía a mí que olía a chamusquina. Cuando los religiosos comenzaron a apagar el fuego tiran– do cubos de agua, uno gritó : - Hacia arriba, hacia arriba, que están ardiendo las vigas. Y el padre Leovigildo: - A las gallinas, a las gallinas, que las vigas no ponen huevos. Otro novicio comenzó a gritar: Fuego, fuego, saltad por las ventanas. Y el padre Diego: Tírese vuestra caridad primero ... Una y otra vez, un año tras otro, el programa se repetía, siempre aderezado con algún detalle nuevo. Y si cansaba, él mismo se encargaba de reír sus propias ocurrencias ... Lo cierto es que con la desaparición del hermano Clemente se ha mar– chado un gran animador de nuestras fraternidades . Era una fortuna. Siendo pequeño, cuando caminaba con una vara detrás de las ovejas por las laderas de El Pando, su padre le había ilustra– do sobre la existencia de una pequeña ermita, en ruinas, dedi– cada a la Virgen. Una de sus grandes ilusiones, a manera de «actividad extraescolar», fue su reconstrucción. Muchos kilóme– tros de rosarios ha desgranado para conseguir costear este lugar de oración. Primero pensó en la ermita, después, el pro– yecto se quedó en la realización de un monumento más modes– to, pero sin renunciar definitivamente a la primera. Algunos cuentan «milagros» acaecidos el día en que se le– vantó la imagen de la Virgen: durante un día de verano se pro- 405

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