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En la mañana del 1 O de mayo llegó a la meta postrera de su vida este intrépido misionero nonagenario, que había pasado casi setenta años compartiendo su vida y su fe con los guaraos y pemones de la Gran Sabana. Con este religioso desaparece el último testigo e.le lo que fueron tiempos heroicos para las misiones capuchinas de la Provincia de Castilla en Venezuela. Como todos los grandes misioneros, el padre Quintiliano comprendió a la perfección lo que significa el dicho popular «primero pan y después consejos», aplicándolo a su propia vida. Como colonizador se convirtió en albañil, maestro, carpin– tero, enfermero ... Diseüó caneleras, dirigió serrerías y explicó agricultura y ganadería. Todo ello en unas pfsim;:is rnnrlic:iones que le llevaron con frecuencia a las puertas de la muerte por accidentes, enfermedad del paludismo, fiebre amarilla, desnu– trición y agotamiento. Si su existencia fue tan movida por los continuos cambios de residencia, su espíritu permaneció abierto a todos los recursos para buscar el bien de los evangelizandos. Hablaba perfecta– mente el idioma de los indígenas; compuso un Catecismo en guarao y castellano, otro en pemón y castellano y un tercero, Catecismo de la Confirmación también en pemón y castellano. Fue colaborador en el Diccionario pemón-castellano y, en 1999, compuso un voluminoso texto titulado: Memorias de un misione– ro, donde recopila los acontecimientos más sobresalientes de su vida. El presidente de Venezuela le concedió, en premio a sus méritos, la condecoración nacional de la «Orden de Francisco Miranda» y la medalla de la «Orden del 27 de junio». También el Ayuntamiento cántabro de Piélagos le otorgó la distinción de 219
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