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Mayo El 8 de mayo de 1993 quedó definitivamente agregado a la que sería su última residencia, Santa Elena del Uairén. Se puede constatar que resulta complicado seguir la pista, día a día, de nuestros misioneros de Venezuela. Los continuos traslados (a veces dentro del mismo año) hacen que las Tablas capitulares sirvan únicamente como pista indicadora no de donde se encuentran, sino del lugar en que se «pueden» encon– trar. Es la consecuencia de la típica itinerancia de estos cualifi– cados mensajeros del Evangelio, que deben multiplicarse en sus actividades y atender simultáneamente al reclamo de muchos servicios en lugares diferentes. A veces no se sabe el lugar en que están, pero siempre se encuentran en «su sitio». Con ochenta y seis años de edad, el padre Quintiliano inició la última etapa de su vida en Santa Elena. Fueron años de limi– taciones físicas en sus movimientos, pero no de inactividad; porque el entusiasmo misionero se mantenía vivo como el árbol que se inclina cargado de frutos, pero sin romperse. Por eso el despacho parroquial, abierto todas las mañanas, era el lugar de encuentro con los pemones para interesarse por su familia, por la situación de sus hijos, por sus necesidades ... Allí se sienten acogidos y él revive su contacto con los indígenas. No es de extrañar que, al atisbar los primeros síntomas de una muerte inevitable, los indios comenzasen a gestionar las opor– tunas diligencias para que sus restos mortales quedasen para siempre enterrados en Santa Elena del Uairén, Estaba claro que los recursos sanitarios de Santa Elena no eran los más adecuados para atender su salud deteriorada por los trabajos y los años. Cuando el 28 de febrero de 2001 se deci– dió trasladarle a Ciudad Bolívar repetía con amargura: «Si salgo de Santa Elena, no vuelvo». Los indígenas se encargaron de que sí volviera no para seguir trabajando, sino para descansar. 218

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