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El P. Javier fue un hombre querido por todos, admirado por la obra realizada. Fue grande la preocupación que tuvo por los más abandonados. Su obra social sobrepasó los límites de lo normal y, ni siquiera los encarga– dos oficialmente de hacerlo, hubieran conseguido sus resultados. Tuvo el santo vicio de pedir, pero pedir para los demás: a los fieles, a las autoridades, en la radio, 'en la predicación... No fue de esos hombres que, por mendigar, pudo sentirse alguna vez avergonzado, porque sus manos estaban limpias. La fe en la generosidad de los hombres, su utópica espe– ranza y su dedicación fueron la causa de que el trabajo realizado no fuera estéril; y sin tener nada, lo consiguió todo. Aparentemente daba la sensación de ser algo autoritario; yo pienso que era un hombre con autoridad moral que sabía hacerse respetar. Esta reve– rencia a la que fue acreedor por parte de todos y su buena política para convencer a las personas quedó reflejada en unafrase que alguien pronun– ció,''en cierta ocasión, referida al P. Javier: «Si en vez de ser fraile, fuera falangista, hubiera llegado a ser ministro». Pero los ministros piden pocas veces... Aunque no resulte práctica en muchas ocasiones, para él resultó eficaz la frase del escritorfrancés Charles Chincholle: «la mejor manera de atraerse a las personas consiste no en mandarlas, sino en pedirles favores». Religioso sencillo en sus costumbres, de porte austero, poco amigo de vulgaridades, buscó siempre el prestigio de la Orden y de la Iglesia a través de sus actividades. No era temido, sí respetado. Tuvo siempre una gran estima por la vidafranciscana, comportándose como un religioso observan– te, pobre, caritativo, amante del trabajo y asiduo en la oración. BIBLIOGRAFÍA: AO 111 (1995) 170; BOP 46 (1993) 319 s; Flash, n.º 151 (1993) 38 s. 912

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