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«... Sería imposible escribir en estos cortos renglones toda la labor que el P. Diego realizó en Venezuela, siempre con igual espíritu y celo apostólico. El Señor le favoreció con una naturaleza fuerte, pues nunca se le había conocido enfermo y él supo aprovechar con todas sus energías las grandes virtudes adquiridas y renovadas día a día en la escuela franciscana, para dedicarlas al servicio de Dios y de las almas. Fue un gran apóstol de la Palabra de Dios, prudente y celosísimo confesor; su confesonario estaba siempre abierto a todos, y aun cuando ya no podía por los años, lo vimos acudir a cualquier llamada sin demostrar nunca enojo ni cansancio. Todos encontraban en él consuelo, un buen consejero, un padre cariño– so, como muchas veces hemos oído contar.» BIBLIOGRAFÍA: AO 81 (1965) 420;BOC, n.º 15 (1966) 32 s;BOP 65 (1918); Cayetano 159 163 169. 904
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