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día 2 de noviembre, a los 77 años de edad, 58 de vida religiosa, 48 de sacerdote y 42 de misionero en Venezuela. Sus funerales se celebraron el día 3 de noviembre en la catedral de Ciudad Bolívar. Por su extraordinaria y constante labor misionera, realizada du– rante más de cuarenta años -no regresó ninguna vez a su tierra natal-, el Gobierno de Venezuela le condecoró con la Orden de Francisco Miranda, como premio a una vida de servicio y dedica– ción a los trabajos sacerdotales y a la educación de los indios. Ya a sus sesenta años de edad, siendo Párroco de Tumeremo, se vio obli– gado a realizar penosos viajes en bicicleta para visitar los centros catequísticos de su parroquia y confesar en el vecino, pero lejano, pueblo de El Callao. Puso gran empeño en aprender la difícil len– gua de los indios pemones, aunque hubo de abandonar este come– tido a causa de sus enfermedades. Se puede afirmar que lo mejor de su vida lo entregó con alegría a la educación y evangelización de los indios en los pequeños pueblos de San Félix y Tumeremo y en los poblados indígenas de Santa Elena del Uairén y Santa Teresita de Kavanayén. El P. Inocencio fue un religi,oso de carácter alegre y jovial, que se entre– gó con pleno corazón a su misión evangelizadora. Era un surtidor inagota– ble de alegría y entusiasmo, que condimentaba con la sal y dulzura de sus anécdotas, su trato y sus conversaciones familiares. De él escribió el veterano misionero P. Cesáreo de Armellada: «••• Todos le teníamos por santo, y santo alegre. Nunca ni por ningún concepto podría ser clasificado como un santo triste ni como un triste santo. Y era, a la vez, muy amigo de los santos, amigo de leer sus vidas y de contarlas. El que esto suscribe puede recordar que él le confió varios milagros, que en su favor habían obrado algunos santos de su devoción y uno de los religi,osos misioneros (el P. Santos de Abelgas), a quien él se encomendó en un angustioso trance de su vida. 848
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