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educada». Y comenzaban los dos a «echarse un pulso», haciendo las delicias de cuantos les escuchaban. ¿Qµién no le escuchó alguna vez aquella sentida canción con que solía manifestar externamente su filial devoción a la Virgen? «Pintor que pintas con amor..., píntame angelitos negros, que también se van al cielo...» La Virgen, bajo la advocación de Divina Pastora, fue uno de los gran– des amores de su vida: escribió bellas oraciones, plegarias y consagraciones, que cantaba y enseñaba a los fieles en las misiones que predicaba, dejándo– selas después, como recuerdo de las mismas. Una muestra de su amor filial a la Virgen son aquellos versos de su consagración: «Aunque el dolor me taladre y haga de mí un crucifijo, que yo sepa ser tu hijo, que sienta que eres mi madre. En la dicha, en la aflicción, en mi vida, en mi agonía... mírame con compasión, no me dejes, Madre mía.» Otra de las virtudes practicadas por el P. Isidro fue el desprendimiento y el amor a los pobres: cuando se le hablaba de las carencias materiales que sufría alguna persona, la socorría directamente con los medios a su alcan– ce, o entregaba a algún religioso los regalos que le hacían, diciendo: «toma, para aquella persona de quien me hablaste». Merecido tiene el reconocimiento de sus méritos como pregonero del Evangelio, por su devoción a la Virgen y por su amor a los necesitados. BIBLIOGRAFÍA: BOP 38 (1985) 238 s;AO 103 (1987) 152; Flash, n.º 87 11 s. 830

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