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En 1963 se le destinó al convento de Gijón y, después, a las fraternidades de León (1966-1967) y Montehano (1967-1978). En 1977 residió provisionalmente en el convento de Santander. A partir de 1977, en que comenzaron a manifestarse en su cuer– po diversas enfermedades, pasó algunas temporadas en las fraterni– dades de Usera y El Pardo y, particularmente, en la enfermerta provincial de San Antonio. Una acusada hipertensión, que le aca– rreó complicaciones, como la enfermedad de Parkinson, pérdida de la visión, estreñimiento pertinaz y la inmovilidad casi absoluta, fue– ron mermando sus facultades físicas, hasta dejarlo postrado en el lecho del dolor. Fueron enfermedades largas, invalidantes y peno– sas que le costaba mucho comprender, pero que aceptó con resig– nación, rezando, sufriendo y confortándose fraternalmente con la compañía de otros religiosos, que se encontraban en circunstancias semejantes. Después de varios años de sufrimiento, en las primeras horas del día 27 de octubre de 1985, falleció a los 71 años de edad, 55 de vida capuchina y 48 de vida sacerdotal. Juan Crisóstomo le pusieron como nombre en el bautismo, pre– sagio quizá de lo que serta más tarde su gran ilusión: juglar del Evangelio y propagador de su mensaje mediante el apostolado de la predicación. Fue ésta su actividad más caractertstica como sacer– dote, actividad que ejerció, sobre todo, mediante las numerosas mi– siones populares en las que intervino, no solamente en los distintos pueblos de España, sino también en América, en cuyo Equipo Mi– sionero estuvo integrado. De todos, religosos y extraños, fue conocida la extraordinaria voz con que había sido agraciado por la naturaleza, y que él supo aprovechar para predicar y para cantar con fruición, con potencia, con sentimiento y emo– ción. Otro gran artista y amigo suyo, el franciscano P. Mújica, le decía en cierta ocasión: « Tú tienes la voz más sonora, pero yo la tengo más fuerte y 829

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