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enfermos, a los moribundos y a todos los necesitados con el regalo de su abnegación y el don de su generosidad. Por eso su entierro fue una explosiva manifestación de agradecimiento por parte de los habitantes de la ciudad de Cumaná. La vida de Fray Eduardo de Cubillas fue tranquila pero, a la vez, muy laboriosa, completamente alejada de las atracciones por las cosas de este mundo. Tuvo una gran preocupación: hacer sencillamente bien todo trabajo confiado a él por la obediencia. Sus ocupaciones estaban desprovistas de brillo y esplendor a los ojos de los hombres, porque eran ocupaciones humil– des como humilde fue su vida. Dicen de él que era sumamente riguroso e inflexible en el cumplimiento de los horarios de cada día, desde las primeras horas de la mañana hasta el momento en que se retiraba a descansar. Nunca se le encontró ocioso. «La ociosidad, dice Franklin, camina con tal lentitud, que todos los vicios la alcanzan.» En esta carrera, seguro que los vicios no tuvieron tiempo de darle caza, por eso llegó a la meta seguro y con espíritu apacible para recibir la justa recompensa que Dios tiene prometida a los que, como San Pablo, saben librar bien su batalla y consumarla hasta el fin. BIBLIOGRAFÍA: AO 62 (1946) 136; Cincuenta 226; VM 7 (1945) 353; Esta– nislao 427 428. 800
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