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En los últimos años de su vida, en Madrid, fue confesor ordina– rio de algunas comunidades de religiosas de clausura y extraordina– rio de otras. El P. Pelayo estuvo dotado por la naturaleza con una inteligencia clara, un espíritu perspicaz y una prodigiosa memoria, ya desde niño. Estas cualidades le permitieron adquirir notables conocimientos y una sólidafor– mación filosófica y fueron valiosos instrumentos para que pudiera ejercer la docencia con soltura y autoridad. Poseía buenos conocimientos de la lengua alemana, italiana, francesa, hebrea..., y estaba bien formado en temas de literatura, historia, derecho, mística y caracteriología. Algún religioso le llamaba «Sedes sapientiae». En realidad era un hombre superdotado. Quizá, por sus extensos conocimimtns y su metódica disciplina intelec– tual, era un religioso inflexible en sus apreciaciones, exigente en sus razo– namientos y de un espíritu crítico que le conducía, en ocasiones, a defender sus puntos de vista confirmeza y hasta con cierta crudeza en la manera de expresarse. Como dato curioso, era de todos conocida su visceral aversión al fútbol y, en general, a todos los deportes. En fútbol, decía, «caídas, revolcones y morrocotudos coscorrones. Los intelectuales no debemos dedicarnos a esas cosas». Cuentan que algunos estudiantes le preguntaron en cierta ocasión: ¿Qué piensa usted del fútbol? y contestó con sorna: «No puedo pensar bien de un juego que se hace con los pies». En la vida de fraternidad apareció siempre como un religioso pobre, limpio y ordenado en su habitación, en las cosas de su uso y en su porte exterior. En su vida espiritual fue sumamente piadoso en el rezo del oficio divi– no, del rosario, del vía crucis y otras devociones particulares. Siempre se manifestó como un gran defensor de lo antiguo y tradicional. BIBLIOGRAFÍA: BOP 42 (1989) 149 s; Flash, n.º 121 (1989) 32-35; AO 111 (1995) 171. 793
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