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confesonario a los numerosos fieles que solicitaban su ayuda es– piritual. En 1928 fue trasladado a Santander, donde únicamente pudo permanecer un año, a causa de los achaques que le ocasionaba una enfermedad de la vista que le hizo sufrir durante muchos años. Al año siguiente se le destinó a León. En 1932 volvió al convento de Vigo, donde permanecería por espacio de más de cuarenta años, dedicado a una intensa labor apostólica en la predicación y en el confesonario, siendo conocido en toda la ciudad por su dedicación y entrega a este ministerio. Las obras de reestructuración del convento e iglesia de Vigo motivaron el que los superiores enviasen al P. Marcelo a la fraterni– dad de León en 1974. El accidente sufrido, al ser atropellado por un autobús, forzó su traslado a la enfermería de San Antonio (Madrid) en enero de 1976, donde transcurrieron los últimos años de su vida, primero en una silla de ruedas y, después, casi permanentemente en el lecho. El 11 de octubre de 1985, a las siete de la tarde, entregó su alma al Señor con la misma bondad y sencillez que le había caracterizado siempre. Contaba 91 años de edad; de ellos, 74 de vida religiosa y 66 de sacerdocio. «Predicador y confesor»: dos palabras que resumen de manera exhaustiva la actividad de un hombre dedicado más de sesenta y cinco años a dar gloria a Dios y a trabajar por la salvación de los hombres. Principalmente los pueblos de Galicia escucharon asidua– mente la palabra evangélica del P. Marcelo. (Dicen que fue llamado a predicar una misma novena durante más de treinta años.) Y, junto a la predicación, el confesonario: cuando la vista no le permitía la realización de otros menesteres allí estaba el P. Marcelo, siempre pronto, siempre alerta para cualquier emergencia. Durante seis años tuvo también a su cargo la retransmisión de la santa misa a través de la radio. 778
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