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En los cuatro últimos años de su vida se le complicaron sus achaques con una angina de pecho y fallos del corazón, viéndose en la necesidad de guardar reposo casi absoluto en su habitación. El 17 de septiembre, al intentar salir de su celda sin ayuda de ningún religioso, cayó al suelo fracturándose una pierna. No pudo ser operado a causa de su avanzada edad. Trece días más tarde, el 29 de septiembre de 1958, falleció este benemérito religioso a la edad de 86 años, 57 de vida religiosa y 60 de sacerdocio. El P. Diego, cargado de años y de méritos, murió rodeado de una aureola de santidad y respeto reconocida por religiosos y extraños. Se puede decir que toda la vida del P. Diego estuvo entregada a la formación de los novicios y religiosos Jóvenes, no ·solamente por los años prolongados que desempeñó el cargo de Maestro de novi– cios, sino también por su constante permanencia en el convento del noviciado, donde fue ejemplo de amor a la observancia y de pro– funda espiritualidad. En el aspecto ministerial, fue sin duda el confesonario su mayor obsesión: religiosos, religiosas, sacerdotes, fieles de toda condición acudieron constantemente a las puertas de su confesonario en bus– ca del perdón de sus faltas o de consejo en la práctica de la direc– ción espiritual. Durante más de doce años fue su ocupación ha– bitual. Cuando, a causa de su enfermedad, no podía bajar a la igle– sia, lo hacia en su propia celda, siendo continuamente visitado por muchas personas, a quienes él dirigía como confesor, o consejero espiritual. No es fácil encontrarse con religiosos que, como el P. Diego, hayan intentada vivir r:nn tanta profundidad f!l r:nmpromiso de su vocacitm reli– giosa y el carisma sacerdotal. Su piedadfue recia, sincera, notablemente sentida y ejemplarmente vi– vida. Trató de ser «luz de los hombres y sal de la tierra», salando primero su 763

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