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das. Siempre estuvo pronto, bolsa de herramientas en la mano, a revisar y arreglar los desperfectos que se pudieran producir en las instalaciones de nuestras casas. Como sacristán, fue muy solícito en tener a punto las cosas necesarias para las celebraciones litúrgicas y mantener, ordenados y limpios, los utensilios religiosos. Quizá su mejor contribución a la ayuda de las fraternidades fue desempeñando el oficio de «chófer», sobre todo en el colegio y co– munidad del convento de El Pardo en los tiempos de mayor ne– cesidad. Muchos son los religiosos que recuerdan con agradecimiento sus servicios en esta fraternidad. El IIno. Florencia fue un 1cligioso bueno y servicial, devoto d6 la Vir– gen y de sencilla espiritualidad. Comunicativo, a veces ingenioso, de sonrisa franca y risa estruendosa; su presencia era fácil de adivinar en las recreaciones o momentos de convi– vencia con los religiosos a quienes contagiaba, en algunas ocasiones, con su hilaridad incontenible. Es verdad que su deficiente formación le conducía, frecuentemente, a comportarse con cierta tosquedad en sus relaciones sociales, pero trató de redimir estas deficiencias educacionales enfrentándose, con ánimo y humil– dad, a todas las situaciones. BIBLIOGRAFÍA: AO 111 (1995) 168; BOP 46 (1993) 278 s; Flash, n.º 150 (1993) 43 s. 759
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