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Ya en los primeros años de su estancia en León, comenzó a tener claras las ideas sobre lo que más tarde sería el blanco de sus esfuerzos y la ilusión de su vida apostólica: los pobres, los margina– dos por la sociedad. Las visitas continuas a los suburbios, la procura de ayudas y limosnas, las gestiones en centros oficiales para obtener todo tipo de asistencias, innumerables charlas de impacto social a través de la radio..., dieron como resultado la transformación de muchos subur– bios madrileños mediante la construcción de viviendas, obras asis– tenciales, centros recreativos, casas de formación profesional..., todo lo que consideró necesario y fue posible realizar para disminuir la angustia o paliar la necesidad de los hombres que viven en el olvido. La colaboración desinteresada de muchas personas, en especial de las Hermanas Misioneras por él fundadas, y de los religiosos, fue un complemento que consideró siempre necesario para poder lle– var a cabo su espléndida labor apostólica y social en los barrios de Camino Negro, La Celsa, Los Polvorines, Orcasitas o Las Carolinas, todos ellos en el extrarradio de Madrid. También Madrid tuvo su «abbé Pierre» en la persona del P. Laureano, otro gran apóstol del suburbio que, con espíritu evangélico y talante fran– ciscano, descubrió la urgencia de la atención humana y espiritual hacia las gentes más necesitadas. Fue un luchador innato, tenaz y comprometido, que afrontó con deci– sión cuantas dificultades se presentaron en su camino para llevar a feliz término la obra que había comenzado. Se hizo pobre con los pobres y entre ellos vivió sus mismos problemas, porque estaba profundamente convencido de que en este apostolado no sir– ven las teorías, cuando se miran desde lejos y con los brazos cruzados las necesidades que padecen los demás. El P. Laureano no cerró los ojos ante la miseria. Con tacto y firmeza concienció a las autoridades y se complicó con otras muchas personas para 749
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