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tiernbre su cadáver fue conducido a Montehano y enterrado en el cementerio que los capuchinos tienen en el convento. Contaba 72 años de edad, 55 de vida religiosa y 47 de sacerdocio. Oportuno es que recordemos en esta ocasión aquellas palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados»; o aquella otra frase de con– vivencia cristiana: «¿Quién eres tú para juzgar al prójimo?». Ciertos com– por'tamientos y actitudes personales del P. Antonio provocaron incompren– siones, recelos y algunos hechos lamentables para él y para los religiosos, que incluso terminaron en acusaciones ante las autoridades eclesiásticas, pero solamente Dios puede juzgarnos rectamente, porque es el único que puede Jondear en el corazón humano y pronunciar, con criterio justo, un dictamen sobre las acciones de los hombres. La historia, que nu~ enipóú1,mvs en ~scribir y renovar wn recuerdos y conmemoraciones, es pasto del polvo y del olvido. Solamente quienes tengan su nombre escrito en el «Libro de la Vida» alumbrarán eternamente en la casa de Dios. Hay que reconocer, sin embargo, que el P. Antonio estaba dotado de un talento poco común, buena memoria y excelentes cualidades oratorias. Ejer– ció el apostolado de la palabra en todo tipo de predicación. Estaba siempre dispuesto a subir al púlpito y a prestar el servicio que se le pidiese en ayuda de los demás, o para el ejercicio de los sagrados ministerios. Poseía una singular diplomacia y dotes especiales para el trato con la gente, lo que le valió, en no pocas ocasiones, ser designado para resolver asuntos dificiles y llevar a feliz término empresas importantes, encomenda– das por las autoridades eclesiásticas y civiles de Venezuela. Uno de los asuntos más importantes en que le tocó actuar, siendo Superior de la Cus– todia, fue el estudio y firma del convenio entre el Gobierno de Venezuela y los capuchinos de Castilla para la creación de la Misión de Guajira-Perijá con territorios desmembrados de la diócesis de Maracaibo, en el año de 1943. Su carácter un tanto infantil, lo manifestó también en la práctica sen– cilla de sus devociones, sobre todo a la Stma. Virgen. Muchas almas fueron atraídas hacia esta devoción bajo las advocacio- 727
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