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Son las siete de la tarde y la noche se nos echa encima. La espesura de la selva tupidísima y los árboles corpulentos que nos rodean, no nos permi– ten ver más que una franja de cielo en el que ya brillan las estrellas. Pero ninguna viene a guiamos, como a los Magos, por aquella senda fangosa y oscura. Guiados por una linterna llegamos a Río Negro. Los caballos nos pasaron nadando. Al otro lado varios camiones y coches esperan nuestra llegada... A las ocho de la noche llegamos a Machiques. Todo el pueblo se ha movilizado al conocer la noticia... Hacia las doce entrábamos en Maracai– bo tocando el claxon de emergencia. Irimediatamente se colocan delante de nosotros los radio-patrullas para abrirnos el paso... Los cirujanos estaban avisados 'Y deciden operar cuanto antes... ... Como a la media hora una eiifcrrncra nos presenta la flecha que le han extraído... Esperamos hasta las dos de la mañana para que el Dr. Amado nos entregara la flecha. Pero él, con gesto satisfecho, la mira son– riente y la introduce en una caja fuerte como si juera un gran tesoro... Al preguntar al Dr. Elías por sus honorarios, nos responde: les agrade– cería me obsequiasen con dos de las flechas tiradas por los indios al P. Clemente... » Cualquiera puede pensar que el P. Clemente no regresaría a la selva para trabajar con aquellos indios; pero volvió a la selva y vol– vió con los indios, convencido de que su sangre tenía que ser reden– tora para los indígenas. En el verano de 1951 ya estaba practicamente restablecido. El 16 de septiembre salió con el P. Romualdo hacia Ayapa para ins– peccionar la región y ver la posibilidad de levantar allí una casa– misión, no obstante la propaganda de algunos interesados para es– tablecer allí una ciudad vacacional y un hotel de montaña. El 1Yde marzo de 1952 vuelve por primera vez después de su flechamiento a la misión del Tucuco, pero ya los superiores habían juzgado más 697
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