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«Son las dos y diez de la madrugada del 14 de septiembre de 1950. Los perros de la misión del Tucuco ladran desesperadamente. Ha transcurrido media hora, y los perros no cesan de ladrar. Salgo de mi habitación para avisar al P. Clemente. Nos internamos los dos en la selva, linterna en mano, para cerciorarnos de lo que allí estaba pasando. La noche está muy oscura. Las aguas del cercano y crecido río Tucuco arras– tran grandes piedras y gruesos troncos de árboles haciendo un ruido infernal. Los perros se lanzan como rayos hacia un rancho contiguo a nuestra vivienda donde estaban escondidos los temibles indios. Al acercarnos y enfo– car el rancho con las linternas aprovechan ellos la ocasión para disparar certeramente la flecha que atraviesa el pecho del P. Clemente, muy cerca del corazón. iAy, Dios mío, me flecharon! /Dios mío, rrw muero! -exclamó al sentirse herido. Yo estaba a dos metros de distancia e inmediatamente acudí en su auxilio; me salvé de milagro, pues dos flechas me pasaron rozando, una la pierna derecha y otra la cabeza (en el lugar del suceso se recogieron después más de sesenta flechas). El herido, quejándose por los agudos dolores, y caminando con mucha dificultad, logra llegar hasta su habitación. Allí le aserré la parte de la flecha que sobresalía de su cuerpo... ... A las seis de la mañana intentamos colocarle en una hamaca para trasladarle a Machiques, llevándole a hombros entre los trabajadores de la misión y los indios, pero nofue posible... No hubo más remedio que colocarle a lomos de una yegua y emprender el camino de Machiques. Serían doce horas de camino y de martirio... » (Se narra a continuación la odisea sufrida por Monseñor Turra– do y el P. Romualdo de Renedo que, avisados del suceso, organiza– ron desde Machiques una caravana de rescate.) «••• Los que vienen acompañándole van descalzos, tanteando los char– cos y sondeando los baches para que pase la mula del padre por los que sean menos profundos... 696

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