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dispersos por Madrid, realizando una encomiable labor caritativa para aliviar sus necesidades en momentos históricos de tantas ca– rencias y dificultades. En 1939, cuando se celebró el primer Capítulo de la postguerra, quedó incorporado a su anterior residencia de Jesús, pasando a Santander en 1941. En 1945 fue destinado a Manzanares, y en los sucesivos Capítu– los Provinciales pasó por los conventos de La Coruña, Vigo, Bilbao, Burgos y, nuevamente, Bilbao. Después de otra breve estancia en la residencia de Burgos, fue trasladado a Madrid en 1961, y en el mis– mo año a Montehano, donde permanecerá hasta 1975. Su último destino fue la enfermería de San Antonio. El Hno. Urbano vivió los últimos años de su vida en un mundo un tanto irreal, a causa de su enfermedad. El 9 de agosto de 1979 cayó enfermo de catarro, que se fue agravando hasta convertirse en una neumonía, que prácticamente no le dejaba respirar ni apenas injerir alimentos. Agotadas sus fuerzas, y después de una religiosa y consciente preparación para recibir la visita del Señor, falleció el día 13 de agosto, a los 86 años de edad y 61 de vida religiosa. Sus restos fueron depositados en la Sacramental de San Isidro, de Madrid. Los dos oficios, que sirvieron al Hno. Urbano como medio de santificación, fueron el de hortelano y, sobre todo, el de cocinero, que desempeñó en Roma durante varios años y también en los conventos de nuestra Provincia: siempre trabajó con buen humor, dando pruebas de sus excelentes cualidades para este menester. El Hno. Urbano fue un hombre de carácter fuerte, pero sumamente amable en el trato con todos aquellos que sabían ganar su confianza. Con su sonrisa manifestaba externamente indicios de un carácter ale– gre y jovial, que poco a poco fue dando paso a manifestaciones de acritud y 623
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