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Fue lógico y obró en consecuencia con estas ideas: al timón de la barca Divina Pastora recorrió los caños de Boca Grande, Araguao, Araguaimujo, etc., visitando caseríos y rancherías y explorando tie– rras fértiles para realizar nuevos asentamientos donde facilitar la vida de los indios. Enseñó en Araguaimujo y Guayo a los niños de los internados; introdujo aserraderos para aprovechar la madera de las talas; fomentó las plantaciones de maíz y arroz; organizó las coo– perativas de Araguaimujo y fue cofundador de la comunidad de indios de Guayo. Este fomento agrícola favoreció enormemente a los indígenas y les estimuló en el trab~jo, contrariamente a lo que había sucedido en la misión de SanJosé de Arnacuro a causa de las intrigas sembra– das por los rancheros y otros explotadores. Gracias a los esfuerzos realizados por el P. Conrado y los misioneros que le acompañaron dejó de cumplirse aquel triste dicho: «Huye el indio del trabajo, busca la comodidad. Donde le pegan, se queda; donde le pagan, se va.» Edmund Hillary preguntó en cierta ocasión a un escalador que había conquistado la cima del monte Everest: ¿Por qué subió usted al Everest? Y el montañero contestó: «Porque estaba alli y tiraba de mí». Porque su motivo estaba allí y tiraba de él, marchó el P. Conrado a las misiones de Venezuela. Cuando se ha recibido una consagración al servicio de las empresas universales del espíritu, cuando se tiene el alma en sintonía con lo divino, cuando el corazón está abierto a todos los horizontes, no puede haber tre– gua para el descanso. El P. Conrado, por imperativo divino y exigencia humana se sintió un viajero, un trabajador, un explorador signado por la bondad de Aquel que dijo: «id por todo el mundo y haced discípulos míos...». Esto es ser MISIONERO. 616
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