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Durante todo el tiempo que el Hno. Gil vivió nuestra vida capuchina, fue un auténtico modelo de minoridad. Curtido en el espíritu de nuestra Orden, fue exacto en el cumplimiento de sus obligaciones. De porte humilde y sencillo, de carácter afable y respetuoso, trató siem– pre de dar ejemplos de virtud a los religiosos y a cuantos trataban con él. Tenía un particular respeto, al igual que San Francisco, a la dignidad sacerdotal, veneración que manifestaba atendiendo con delicadeza a todos los sacerdotes que acudían a nuestra iglesia, bien para celebrar la santa misa, o para ser recibidos en el sacramento de la penitencia. La prepara– ción de los utensilios necesarios para el culto, la limpieza de la iglesia, el orden en la sacristía..., todo lo que pudiera repercutir en la digna celebra– ción de los actos litúrgicos era, para él, motivo de singular atención. DIDLIOGRAFÍA: IlOP 26 (1973) 201 s; AO 89 (1973) 410. 579
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