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mañana del día 13 de julio de 1991 fallecía en el convento de Cua– tro Caminos con 82 años de edad. Había permanecido 65 años en la vida religiosa. El P. Sardonedo tuvo una predilección muy capuchina y muy sacerdotal: la predicación, ministerio que apreció siempre y al que estuvo dedicado la mayor parte de su vida, recorriendo muchos pueblos y ciudades para adoctrinar al Pueblo de Dios con sermones, novenas y, sobre todo, mediante las tradicionales misiones popu– lares. Durante su estancia en los distintos conventos a los que había sido destinado colaboró también en las diversas tareas apostólicas que le encomendaba cada fraternidad: durante su primera estancia en T .eón colaboró, como vicedirector, Fn 1:1 c:1tFq11esis de los niños. Más tarde, en este mismo convento, tuvo a su cargo la cofradía de la Divina Pastora. En Santander y Gijón fue director de los Jueves Eucarísticos, en Santander fundó el comedor de los pobres y en La Coruña tuvo a su cargo la atención espiritual de los enfermos de la parroqwa. Estas ocupaciones, específicamente sacerdotales, no fueron las únicas en que invirtió su quehacer el P. Sardonedo: dos años de Guardián en Gijón; tres en Salamanca; dos de Vicepresidente en Burgos; cuatro trienios como Vicario en Santander y cuatro años de Superior en el convento de Bilbao fueron su aportación al gobierno de nuestras comunidades. Por si tuvo, como es humano, deficiencias en el ejercicio de su actividad, él mismo asume humildemente su responsabilidad: «Siempre he puesto todo mi empeño en hacer bien a las almas; los éxitos han sido obra de Dios y de la Divina Pastora, los fracasos han sido fruto de mi pequeñez y ruindad.» Todo hombre sentencia su vida con su conducta, con sus acciones. Mu– chas veces nuestro egoísmo y autosuficiencia nos impulsan a exagerar las 557
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