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218 «... el Señor me dio hermanos» ra, en la vejez y en la pobreza, a esta pobre mujer? Quien conoce a la gente de montaña sabe qué tiernos y profundos son los senti– mientos de su corazón. El afecto de fray lnocencio por su madre era inmenso. En el corazón del novicio fray lnocencio aparece otro rostro, otra figura de madre: la Virgen, que le ayuda a superar su angustia. Su madre le ha hablado tantas veces con acento conmovedor de Ella que le parece conocerla a fondo, como si fuese una persona que pertenece a su familia, que ha seguido su desarrollo en cada uno de sus pasos y su camino hacia Dios. Dentro de su alma el rostro de la Virgen se confunde con el rostro de su propia madre; posee casi un mismo perfil y en momentos diversos se colorea dis– tintamente, bien apareciendo más nítidas las líneas de una, o bien las de la otra. Poco a poco su madre, Francesca se oculta en el rincón más profundo de su corazón, su voz se debilita, aunque per– manece como una llama que no se apaga nunca, pero que tampoco le molesta ni le hace sufrir. Ella, que le había enseñado quién era la Virgen, ahora entrega a la nueva madre al que antes era solamen– te su hijo. Escuchemos a un testigo: «Su amor a María creció en intensi– dad, en fuerza y en expansión, sobre todo cuando su corazón per– dió la intensa ternura natural que sentía por su madre, primeramen– te por la renuncia a su compañía y más tarde por su muerte». Obediente a un proyecto En la mañana del 29 de abril de 1875 el novicio sacerdote fray lnocencio de Berzo se unía en la eucaristía más profundamente a Cristo, víctima y sacerdote. Juntos estaban el ofrecimiento de la víctima divina y su propio ofrecimiento. Públicamente, ante la Igle– sia, realizaba su consagración en la vida religiosa y se comprometía a observar la Regla de los capuchinos y vivir en obediencia, en po– breza y en castidad. Su sueño de entrega recibía la confirmación de la Iglesia y se convertía en realidad. Desde este momento él pasa a ser propiedad del Señor y de los hermanos. Nada le pertenece, ni siquiera su propia persona. Desde ahora su preocupación será no recobrar nada de lo que ha entregado a los demás.
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