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INOCENCIO DE BERZO 217 viciado, cuando en realidad era el primero en todas las cosas. El primero en los actos de piedad, en la asistencia al coro, en el reco– gimiento interior, en el más riguroso silencio. El primero en la po– breza más completa, en el sufrimiento de la penitencia, en el desem– peño de los trabajos más humildes, en los encargos más bajos que, para la educación de la humildad, se acostumbra a confiar a los novicios y que él reclamaba como si fueran un privilegio». Es interesante el comportamiento de fray Inocencio a propósito de la llamada «corrección fraterna», una costumbre de entonces en– tre las más sugestivas y características del noviciado. Oigamos lo que escribe el padre Timoteo de Brescia: «En el noviciado de los capuchinos existe la santa costumbre que los novicios se corrijan recíprocamente, con humildad y caridad, los propios defectos. ¿De qué manera se comportaba nuestro fray Inocencio en la práctica de esta recíproca corrección? Una parte de la misma resultaba muy agradable a su humildad; bastaba estar presente para ver y escuchar con qué alegría y reconocimiento aceptaba cualquier observación o corrección, persuadido como estaba de ser digno de cualquier censu– ra o reprensión. En cuanto a la otra parte, que consistía en corregir los defectos a los otros, nunca encontraba nada que decirles y ter– minaba siempre pidiendo perdón por sus propios escándalos y supli– cando a los compañeros que por caridad le corrigiesen sus muchos y graves defectos>>. El espíritu de penitencia se le desarrolló tanto que se convirtió en una verdadera sed de sufrimientos. Obtuvo permiso para ponerse el cilicio con más frecuencia de lo acostumbrado: «se lo colocó tan apretado a su talle que sus puntas agudísimas le penetraban en la carne y le cortaban la respiración». A fray Inocencio no había que estimularle por tanto a la perfección capuchina, sino guiarle con prudencia e incluso frenar sus ansias de inmolación. No fueron precisamente las humillaciones y las penitencias la prueba más dura que fray Inocencio tuvo que superar durante el año del noviciado. Llevaba una herida muy profunda en el corazón que le causaba un sufrimiento angustioso porque tocaba su sensibili– dad y su conciencia de hijo y de sacerdote: Era el recuerdo de su madre. ¿Cómo había podido él, hijo único, que llegó al sacerdocio gracias a los sacrificios y privaciones de su madre abandonar aho-

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