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214 «.. . el Señor me dio hermanos» en aquel colegio: «Entró en el colegio de Lovere, dirigido entonces por D. Taccolini, hombre culto y vigoroso. El ejemplo del director y de otros sacerdotes que unían la ciencia a la piedad tuvo un influ– jo decisivo en el alma del jovencito. Seguía sus orientaciones y sus costumbres con tanta sinceridad y esfuerzo en todo los aspectos que pronto se colocó en los primeros puestos por conducta y aprovecha– miento. Los cinco años pasados en el colegio de Lovere fueron decisi– vos para la maduración humana y la orientación espiritual de Juan. Durante estos años aparecen las tres características, que más tarde serán el distintivo de su fisonomía humana y espiritual: una inteli– gencia viva unida a la afición permanente por el estudio y una ex– traordinaria capacidad de trabajo; el liderazgo sobre cuantos le ro– dean, atenuado, o, por mejor decir, iluminado, por su delicada y cuidadosa atención hacia todos, particularmente hacia los más débi– les, y su deseo de servir y pasar desapercibido; la devoción hasta el enamoramiento de la eucaristía, que será, en definitiva, la alegría de su vida. Al concluir los años del bachillerato, los superiores del colegio de Lovere trataron por todos los medios de que el joven Scalvinoni se quedara con ellos hasta el punto de prometerle «instrucción y asistencia gratuita durante los estudios de filosofía y teología». Con– taba cerca de dieciocho años y se había trazado un camino con toda firmeza. Lo acariciaba como un sueño, como una realidad casi palpable. En el otoño de 1861 Juan Scalvinoni entra en el seminario de Brescia y se prepara para recibir la ordenación sacerdotal. Desde este momento su vida se torna más severa y ordenada. Se esfuerza por acomodarlo todo, por coordinarlo con destreza a la nueva ilusión de su vida. En este tiempo aparece el primero de los «re– glamentos espirituales» que Juan establece para sí mismo y que renovará con frecuencia, introduciendo las modificaciones que res– pondan mejor a la exigencia espiritual. El los llama «horarios» simplemente, pero en realidad son pequeños tratados de ascética orien– tados, sobre todo, a trazar normas para la elevación de su espíritu. El aspecto, con más interés para nosotros, de esta serie ininterrum– pida de autoimposición (el primero data del primer año del semi-

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