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202 « ... el Señor me dio hermanos» modo de vida fue confirmado por la Santa Sede con el decreto Ecclesia Catholica del 21 de junio de 1889. Fuera por las circuns– tancias particulares o por la intuición de los signos de los tiempos que tuvo un gran apóstol de la época moderna, el caso es que en la Iglesia había encontrado espacio, de derecho y de hecho, una amplia docena de institutos «seculares», de los cuales el padre Ho– norato era considerado como precursor. Sin embargo, la experiencia fue de corta duración. Pronto hubo recriminaciones y denuncias contra la «novedad» de tal vida religio– sa instaurada por el padre Honorato fuera de las formas canónicas tradicionales. Por eso, en 1907, le impusieron restricciones que de hecho llevaron a la supresión de los «unidos» y de las «unidas». El anciano fundador no dejó de defender la forma de vida y de apostolado religioso que, exigida por las circunstancias particula– res histórico-ambientales, tanto bien había producido. Escribió que de las almas unidas a él había querido hacer «un ejército de confe– sores de la fe, que tenazmente supiesen oponerse a la befa del mun– do, diseminándolos por casas y oficinas de cada ciudad, en silencio y a escondidas, pero siempre y en todas partes, con riguroso y com– prometido testimonio cristiano». Y él, que siempre había ordenado a sus religiosos que no escri– bieran nada y que su propia identidad estuviera rodeada del más absoluto silencio, les exaltaba con este testimonio sobre su vida: «Estas almas ardientes crean en torno a sí una atmósfera benéfica y moralizadora que no sólo beneficia a los individuos por medio de las relaciones personales, sino también a los grupos y a las ma– sas. Es de sobra conocido, desde luego, que personas de buen espí– ritu, dondequiera que se encuentren, aunque no hagan nada de par– ticular, dejan sentir su presencia saludable». Tienen un tono dramático y profético las palabras con las que, en 1916, pocos días antes de su muerte, insistía en la necesidad de rodear la vida religiosa de la más absoluta reserva y de vivirla clandestinamente: «Os ruego que no os manifestéis nunca como reli– giosos, porque ahora gozamos de una libertad temporal. Volvere– mos a tener tiempos de grandes dificultades ... Sed constantes en este género de vida, ya que para esto habéis sido llamados. Sólo con esto podréis acumular tesoros de gracia divina, y con esto solo

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