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200 «.. . el Señor me dio hermanos» puchinos, como confesor de los herejes convertidos, consejero en su provincia capuchina, superior del convento de Varsovia durante un año y, por espacio de veinte años (1895-1916), comisario general de los capuchinos sometidos a la dominación rusa. Ante todo, ya desde joven sacerdote, fue el padre Honorato un predicador y un clarividente director espiritual. Este fue el inten– so ministerio en los años 1853-1864, cuando le vemos predicando continuamente en diversas iglesias de la capital Varsovia. Encargado de la dirección de los terciarios franciscanos, no sólo se limitó a promover en ellos la vida devota, sino que les quería también com– prometidos en una ferviente actividad caritativa y social. Durante este tiempo conoció a Sofía Truszkowska y fue su director espiri– tual, encargándose, además, del llamado «rosario viviente». Lejos, desde luego, de estar satisfecho porque formara grupos de hombres y mujeres entregados al rezo del rosario, los estimuló más bien a una caritativa actividad de irradiación. Fracasa el alzamiento contra los rusos, en enero de 1863. Las órdenes religiosas están condenadas a la suspensión y el padre Ho– norato queda recluido primeramente en el convento de Zakroczyn, donde permanece hasta 1892, y después en el de Nowe-Miasto. Trató de salvar la fe católica y el espíritu patriótico de su pueblo, contra las persecuciones zaristas encaminadas a separar la iglesia polaca de la de Roma, para que se incorporara a la instru– mentalización política en la que ya estaba metida la iglesia ortodo– xa. Corno medios para la realización de este duro empeño, escogió la devoción a la Virgen y la tercera orden franciscana, que con auto– rización del ministro general de los capuchinos, había sometido a una reforma radical. Las leyes civiles de la época prohibían el apostolado y recibir novicios (forma de acabar con los religiosos). Por tanto, para abra– zar la vida religiosa era necesario salir de la propia patria. Pero el padre Honorato encontró la solución proponiendo vivir los conse– jos evagélicos, dentro del espíritu de la orden tercera franciscana. Por eso aconsejaba no abandonar la patria y llevar una vida ordina– ria, sin hábito religioso, sin convento, ocultamente. Mientras tanto, él rezaba y estudiaba el Evangelio, en donde hallaba el espíritu y también la forma de la vida religiosa.
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