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CONRADO DE PARZHAM 195 «Yo le aconsejé que dejara su trabajo tan duro, declara una mujer; los superiores con gusto se lo hubiesen permitido. El contestó: ¡Oh, no! No lo dejaré, quiero continuar». Su fervor lo había consumido. Su amor se convirtió en ardiente celo misionero. Se proponía propagar la fe entre los infieles y los herejes. Recibía muchas limosnas para las misiones, para la Unión de San Bonifacio, fundada en Altotting por el padre Francisco Javier Koppelmayr, promovía la Obra Seráfica de Caridad y la Unión de San Benito por las misiones. La noticia de que el padre general de la Orden, Bernardo de Andermatt, hubiese ofrecido la misión de Chile a los capuchinos bávaros le llenó de alegría y le movió desde entonces a hacer colectas. «Me producía una enorme impre– sión su gran devoción, sin que por otra parte, hiciera nada extraor– dinario», comentaban muchos. El miércoles 18 de abril de 1894 se presentó por última vez el santo viejo a ayudar la misa en Gnadenkapelle del santuario. Aquel día llegaron siete peregrinaciones que encontraron a fray Conrado, como de costumbre, en la puerta del convento. Pero sus piernas ya no le sostienen. Reclama ayuda. Piensa que con un poco de des– canso podrá incorporarse de nuevo a su trabajo. Después de las vísperas, algunos religiosos se reúnen en el refectorio para charlar con el superior, padre Luis Schmist. Entra fray Conrado casi arras– trándose, mortalmente pálido: «Padre guardián, ahora sí que no puedo más, me es imposible». Se le ordena que se acueste en la celda de la Virgen, un poco más espaciosa que las demás. Con paso fati– goso busca al enfermero, fray Primo: «No puedo más, me acuesto, estoy cansado». El solo se fue a la celda indicada. «Calma, calma, repetía, me repondré. No es hora de hablar; tengo que prepararme para la eternidad». Acostado sobre el jergón, con un pequeño cruci– fijo y el rosario entre las manos, reza en voz baja con los ojos semicerrados. A las tres de la tarde del 19 de abril recibió el viático. «Tienes miedo a la muerte», le preguntaron. «Lo que Dios quiera». Son sus últimas palabras, su último mensaje, el abandono en las manos de la Providencia. Pocos minutos ames de la muerte, hacia las 7,45 de la tarde del sábado 21 de abril, un joven sacerdote pasa por casualidad delante de la celda de la Virgen. Se da cuenta de que la

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