BCCCAP00000000000000000000682
CONRADO DE PARZHAM 193 contemplación, adorar y contemplar y admirar el amor sin medida por nosotros pobres criaturas. En este amor de mi Dios yo no llego nunca al final, porque nada me detiene; me siento íntimamente uni– do con mi amor a Dios; mientras estoy ocupado en mis tareas ordi– narias le hablo y le expongo con la misma confianza que un niño a su padre mis necesidades, mis peticiones, todo lo que me sugiere el corazón, y le ruego que me conceda todas estas gracias, se lo pido confiadamente, con enorme confianza, a pesar de mis flaque– zas y faltas; luego le ruego humildemente que me perdone, porque quiero ser un buen hijo, amarlo con todo el corazón». «Tenemos que entregarnos a nuestro buen y querido Padre ce– lestial, tenemos que amarlo lo más posible, nuestro amor debe ser grande, cada vez más grande, porque en esto no se puede uno con– tentar con nada; nuestro amor tiene que ser una llama ardiente que destruya todo lo que impide unimos íntimamente a él y que pueda romper el diálogo con él». «Con Dios estoy siempre contento y soy feliz. Todo lo que me sucede, sean alegrías o penas, lo recibo como proveniente de las manos del Padre celestial. El sabe mejor lo que es bueno para noso– tros y por eso me siento feliz en sus manos. Me esfuerzo por amar– lo con todas mis fuerzas. ¡Ah! este es mi único afán, pero lo amo poco. Sí, quisiera ser un serafín de amor, quisiera invitar a todas las criaturas a expresar conmigo el amor a mi Dios. Debo terminar; no quiero alargarme demasiado. El amor no tiene límites. Me gusta– ría escribir mucho más, pero no tengo tiempo. La campana me lla– ma a alabar a Dios». Estas palabras contienen toda la sabiduría de fray Conrado. A partir de la luz de este amor sobrenatural se derivan la capacidad de servir a la gente, de encamarse en el pueblo, de ponerse a dispo– sición de todos como si fuera el último. Era activo y místico. Sus labios habitualmente cerrados dibujaban círculos de luz dorada mien– tras rezaba, según afirman algunos testigos. Aquí está el secreto no descubierto por la gente. La ventanilla que daba al tabernáculo era, por decirlo de alguna manera, el telescopio que le acercaba a la eternidad. La adoración al sacramento eucarístico era el núcleo de vida mística, equilibraba su actividad y su contemplación, era la esencia del espíritu franciscano asimilado por la mística de los ca-
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz