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192 «... el Señor me dio hermanos» me ha penetrado hasta lo más íntimo del alma. Luego se confesó con tales muestras de arrepentimiento que es insólito contemplarlas». Su mirada luminosa manaba de su oración, de su permanente presencia ante Dios. «Daba la impresión de estar en continua con– templación». Si estaba desocupado, mantenía entre las manos casi de continuo una pequeña cruz de madera a la que miraba fijamen– te. Su celda eremítica era el cuarto de San Alejo debajo de la esca– lera. Allí se encendía su devoción y practicaba secretamente la ora– ción. Afirma el ya citado fray Primo, compañero inseparable du– rante tantos años, que «cuando salía de este cuarto se le notaba trasfigurado, como ausente de este mundo, como en divina contem– plación. Esto saltaba a la vista, como si fuera una aparición celes– tial». Su rostro aparecía radiante, como cuando servía la comida a los pobres. Se traslucía al exterior su alegría interna. No era aficionado a los libros. Dos libros pidió a su sobrina; uno de ellos «La imitación de Cristo». Leía poco. No tenía dema– siado tiempo. La más famosa de sus frases era la siguiente: «Mi libro es la cruz; una sola mirada a la cruz me enseña en cada oca– sión cómo debo comportarme; me enseña la paciencia, la humildad, el recogimiento, a soportar cualquier sufrimiento, que se tornan dul– ces y ligeros». En las declaraciones de fray Primo se lee que «fray Conrado hablaba frecuentemente de los santos y de sus virtudes, especialmen– te de los santos y beatos de la Orden seráfica; particularmente vene– raba a san Francisco, al beato Félix de Nicosia y a san Serafín de Montegranario a los cuales tomó como modelos». También era devoto de san José y de santa Ana y particularmente de san Juan Nepomuceno, el santo con el dedo en la boca para indicar silencio. Decía: «San Francisco y los santos de nuestra Orden trataban tan familiarmente a Dios y a su madre querida como un niño trata a sus padres». Sería muy lago describir sus particulares devociones, especialmente su devoción a la Virgen, que consistía, ante todo, en un entrañable amor filial. El mismo lo explica en algunas cartas, escritas con mano temblorosa en 1872 y 1873, a una desconocida terciaria franciscana; son una obra maestra y una ventana abierta a su mundo interior. «Mi forma de vida consiste, sobre todo, en amar y sufrir en
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