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CONRADO DE PARZHAM 191 vista y está callado». Los niños observaban detalladamente y atisba– ban el comportamiento de fray Conrado en todo momento a fin de entrever su santidad: «Hemos comprobado que era muy callado, como sumergido en Dios, pero siempre cariñoso y tratable». Los niños algunas veces, como suelen hacerlo, abusaban cruelmente. Pri– mero se informaban qué sacerdotes estaban aquel día en el convento y luego llamaban intermitentemente a los ausentes; otra estratagema era tirar de la campanilla uno tras otro hasta veinte veces y desapa– recer al momento. Ni siquiera así desmoralizaban al viejo portero o borraban la serenidad de su rostro. Tan tranquilo estaba la prime– ra vez como la última. Su mirada era penetrante. Se rumoreaba que leía en el interior de los corazones. Cierto día un novicio había cometido un pecado de pensamiento: «Durante la comida me miraba con seriedad y aire de reproche. Internamente estaba destrozado; cuando limpié mi con– ciencia su mirada volvió a ser cariñosa como otras veces». Un sa– cerdote contó lo siguiente: «Tuve la desgracia de cometer un pecado mortal. Me dirigí a Altotting para confesarme y rogué a fray Con– rado que me abriese la puerta de la clausura. Extrañamente me reci– bió con frialdad, ni siquiera se arrodilló para besarme la mano co– mo hacía con todos los sacerdotes... Después de la confesión lo volví a ver; se mostró cariñoso y me besó la mano... Sabía la situa– ción de mi alma». El padre Julio Voll, superior del convento de Laufen en 1914, cuenta un caso conmovedor: «Sabemos que raramente, por no decir nunca, miraba fray Conrado el rostro de las personas, pero sucedía que de cuando en cuando posaba su mirada sobre algún que otro joven obrero, pobre materialmente y con frecuencia más pobre espi– ritualmente. Como consecuencia de estas miradas, algunos se retira– ban y renunciaban a la limosna, otros, como a escondidas, entraban en la iglesia y permanecían rezando largo tiempo. En una ocasión uno de estos jóvenes se postró ante mi confesonario llorando a lá– grima viva y sollozando sin poderse contener. Le hablé afectuosa– mente y le dije: ¿qué te pasa, hijo mío? Me contestó: soy el peca– dor más miserable. Seguí preguntándole: ¿por qué has venido a con– fesarte ahora? Las palabras de sus respuestas martillean todavía mis oídos: he pedido un pedazo de pan al viejo capuchino y su mirada
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