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190 «... el Señor me dio hermanos» drá misericordia; tenemos que rezar mucho para no perder la pa– ciencia». Animaba a los demás con frases como éstas: «Tened con– fianza y todo se arreglará»; «no lo dudo, todo volverá a su cauce; en nombre de Dios, rezad»; «tal vez sea una cruz que nos ha envia– do el buen Dios y hay que llevarla con paciencia». Y a los enfermos les consolaba con estas palabras: «Aunque no podamos orar siem– pre, sí podemos dejarnos en las manos de Dios». Oportunamente corregía a los pobres y mendigos con palabras fuertes, aunque siempre con misericordia. A las devotas empala– gosas las despedía rápidamente. En verdad, le costaba mucho tratar con la gente, afirma fray Primo, pero no se quejaba nunca, lo tomaba como una penitencia: «Sí, Dios mío, es una verdadera cruz. Necesito llevarla con paciencia para que cada día sea menos pesada». Su silencio era más elocuente que sus palabras. Pertenece al grupo de los silenciosos en la Iglesia. Su propósito lo convirtió en realidad: «Seré riguroso en la observancia del silencio. Al hablar seré siempre breve para evitar errores y poder dedicarme mejor a hablar con Dios». Este era, efectivamente, el verdadero motivo, el secreto de su tesoro. Su tesoro era la oración y su secreto era el silencio. En una carta del 3 de octubre de 1873 escribía: «Esforcé– monos por conservar una vida íntima y escondida en Dios; es tan bello dialogar con el buen Dios; si guardamos un recogimiento autén– tico, ningún obstáculo se nos opondrá; en medio de las ocupaciones de nuestra vocación tenemos que recuperar el silencio, porque un alma que habla demasiado jamás alcanzará una verdadera vida inte– rior; nunca me cansaré de repetirlo». Se trata de un silencio a un nivel mucho más profundo que el aspecto de su temperamento tímido y reservado. Es el hontanar de su oración. A su lado se creaba un clima de recogimiento, de serenidad y de unión con Dios. Un testigo dice: «Todo su ser estaba ensimismado, abrazado en el interior de su corazón con Dios, en íntima y consciente comunicación». Los niños se quejaban a sus padres que fray Conrado les ha– blaba poco. Curiosa es la respuesta de una madre, que coincide con otras muchas: «Respetadlo, no le ofendáis, por favor, es un santo, está siempre en la presencia de Dios, por eso no levanta la
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