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CONRADO DE PARZHAM 189 observación: «Era extremadamente breve en la conversación». «He hablado muy poco con el siervo de Dios, porque era muy silencio– so». «Era tan parco en el hablar que sólo de temas religiosos pude hablar con él». «No demostraba interés por las novedades o noti– cias». «No pronunciaba una palabra de más, ni siquiera cuando le tiraba de la lengua». Si alguno intentaba entablar conversación con él, se excusaba diciendo: «tengo mucho que rezar». «Era un santo anónimo». «Impresionaba su silencio, su continua oración y su tran– quila serenidad, a pesar de que algunos se burlaban». La primera impresión al abrir la ventanilla de la puerta era la de un fraile áspero y desabrido. Era falsa tal impresión. Fray Quirino opinaba que el «santo portero» se parecía a un tronco, por– que había sido tan escueto en sus palabras cuando solicitó el ingreso en la Orden. Realmente hablaba muy poco. Era un hombre muy callado. Pronunciaba únicamente las palabras necesarias. Y esto no le favorecía mucho. La gente no lo entendía inmediatamente y lo tildaba de fraile antipático, sin darse cuenta que se debía a su porte religioso. Desgraciadamente se suele creer que la simpatía, la bri– llantez consiste en hablar mucho, en la facilidad de palabra, en ma– nejar la dialéctica con soltura. Estas cualidades no las poseía fray Conrado. Le dominaba una santa pasividad y no utilizaba el trato mundano en su oficio de portero. No discutía, no hablaba, callaba, sin mostrarse insensible o envarado; de tal manera callaba que su silencio se podía palpar con las manos. Sus palabras habituales se resumían así: «In Gottes Namen» (en nombre de Dios), o también « Wiedel lieba es will» (como el buen Dios quiera». Con las frases de fray Conrado se podría for– mar un breve florilegio de sentencias. Tenía su estilo de predicar, de aconsejar, de consolar. Se aplicaba a sí mismo las palabras de la regla franciscana: «Con brevedad de sermón». Solamente con los bienhechores, y algunos seglares que conocía, se entretenía algo; pe– ro si la conversación se prolongaba o derivaba hacia el comentario sobre el tiempo, cortaba inmediatamente: «Estamos hablando inútil– mente ... son palabras inútiles». La lógica de sus diálogos apuntaba siempre a la oración: «Recemos unos por los otros». Durante la crisis político-religiosa del Kulturkampf, que excitaba los ánimos, decía: «El buen Dios lo sabrá; nosotros a rezar. El buen Dios ten-
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