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188 « ... el Señor me dio hermanos» ban devotamente el Padrenuestro delante de la estatua de la Virgen, junto a la portería. Luego les entregaba la limosna: « Vergel's Gott, lieber Bruder Konrad» (Dios te lo pague, querido hermano Conra– do) y se marchaban de prisa a casa. Más visitas, más peticiones. Ordenaba las cosas de la portería, separaba en montoncitos las semillas benditas, o los granos medici– nales. Todavía le quedaba tiempo para echar una mirada a la Bi– blia, que tenía abierta sobre la mesa; leía una página de la Imita– ción de Cristo o de algún otro libro devoto, como María meine Zuflucht und meine Trost (María, mi ayuda y mi consuelo) de Mi– chael Sintzel o el volumen de Matin van Cochem, Der grosse Myrrhengarten des bitteren Leidens (El Jardín perfumado del dolor interior) o El Espejo de la virtud, de Agustín Ilg. No perdía el tiem– po. «El tiempo es precioso», decía. Rezaba o leía o pensaba o en– sartaba rosarios o se dedicaba al servicio de la casa o del prójimo. Daban las siete de la tarde. La hora de la cena. Más pobres piden algo para comer: no tienen dinero y acostumbran a pasar la noche bajo algún cobertizo. Después de cenar se retira a la celda de San Alejo, o se le oye pasear detrás del altar, o va al coro, o canta en voz baja. A las nueve cierra la puerta del convento y las tres de la iglesia. Finalmente se halla a solas con Dios. Para él es tiempo de oración . De cuando en cuando le jugaba una mala pasada el sueño y algún religioso le encontraba amodorrado a hora muy tardía en la iglesia. Todos los días el mismo programa durante 40 años. ¿Cuál fue el secreto de esta heroica fidelidad? El sermón del silencio Fray Conrado de Parzham era bajo de estatura. En los últimos años de su vida se quedó casi completamente calvo, si exceptuamos un círculo de pelo alrededor de la nuca. «Acostumbraba a caminar encorvado, con la cabeza inclinada y la mirada hacia el suelo, pero cuando se observaban sus ojos algo espiritual brillaba en ellos». Servía a la gente con tranquilidad y prontitud. Una atmósfera de silencio envolvía toda su actividad. En los procesos los testigos repiten monótonamente esta misma
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