BCCCAP00000000000000000000682
CONRADO DE PARZHAM 187 que contenían hasta 20 litros de Scheps o cacerolas llenas de sopa. Los que le observaban se maravillaban y le compadecían. Lo daba todo, sin distinción de personas. Con la sonrisa en los labios y ale– gría en los ojos daba pan, sopa, legumbres, cerveza, sin reprochar a los que se colaban en la fila más de una o dos veces. Hallaba la felicidad dando a los demás sin entrar en disquisiciones o sutile– zas; como el sol que luce para todos, buenos y malos. Ahora repicaba la campana. Era el aviso para la oración con– ventual. Después la comida. Procuraba participar en ella con los demás religiosos. Sus vecinos de mesa afirman que no raramente algunas lágrimas caían sobre su plato. Si la campanilla de la puerta sonaba, el bocado a medio camino de la boca retornaba al plato; fray Conrado casi brincaba fuera de la mesa. ¡ Cuántos bocados in– terrumpidos y platos enfriados! «Después de comer entraba ordina– riamente en la cocina, daba una vuelta y recogía lo aprovechable para sus pobres»; también solía guardar alguna cosa en el cajón de su mesa para dársela más tarde. A partir de las 12,30 hasta cerca de las 14 tenía su tiempo libre. No descansaba. Daba un paseo corto por el jardín para es– pantar el sueño y se encaminaba a la Gnadenkapelle a rezar ante el altar, siempre con el rosario entre las manos. En ocasiones se acurrucaba en la llamada celda de San Alejo, un pequeño cuartito debajo de la escalera, desde donde atisbaba el altar y contemplaba el santísimo sacramento. Allí rezaba hasta que le reclamaban a la puerta. Era su mejor sedante. Al atardecer los visitantes eran sobre todo sacerdotes que venían a confesarse y gentes de toda clase que buscaban consuelo. Para todos tenía alguna palabra de comprensión y alivio. Hacia las cuatro de la tarde acudían en tropel los niños con sus gritos, como una bandada de pájaros hambrientos. Aprovecha– ban la salida de las clases. Generalmente eran pobres. Se notaba en sus vestidos. Tenían hambre, pedían pan, a veces mucho pan, porque su madre estaba enferma. Lo pedían también porque les gus– taba que se lo diese fray Conrado que era su amigo. Les aconsejaba que no metiesen demasiado ruido: «Tenéis que rezar algo por noso– tros, los capuchinos, que también recibimos el pan como un regalo de Dios». Los muchachos lo comprendían, se santiguaban y recita-
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz