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186 «..el Señor me dio hermano» pagar el viaje a los predicadores y confesores que atendían al san– tuario. Entraba mucho dinero por el estipendio de las misas; cada año unos 50.000 marcos. Todo lo anotaba con exactitud. La llegada de tandas de peregrinos multiplicaba su trabajo. La gente pedía objetos religiosos, hierbas o semillas medicinales bende– cidas de antemano; otros querían confesarse, o, simplemente, se con– tentaban con una bendición. Llamaba al confesor o al algún padre que diera la bendición. Existía también la costumbre de distribuir cerveza y pan entre los peregrinos. Hubo un superior que lo prohi– bió, porque no le gustaba. La gente se indignó contra esta medida y las quejas las tuvo que soportar el portero. Fray Conrado estaba siempre en movimiento. Nunca estaba pa– rado. Tampoco estaba preocupado y menos angustiado. Era un hom– bre sereno. Subía y bajaba tantas veces las escaleras del convento en un ir y venir que no lo hubiera resistido el mejor atleta del mun– do. El reloj señala las once de la mañana. Era el momento mágico de los pobres, de los jóvenes sin trabajo, de los menestrales, de los muchachos que se acercaban a pedir un poco de sopa. Los con– taba y corría a traerles algo para comer. Su rostro se encendía de alegría. Daba a los pobres todo lo que caía en sus manos. «Su felicidad terrena consistía en socorrer a los pobres». Entraba en la cocina: «Levantad la tapadera a ver si saco algo para los pobres». El jefe de cocina, fray Hartmann, le paraba los pies diciendo que el cazo de fray Conrado saqueaba todas las ollas y ordenaba rien– do: «Tapad las ollas porque nos deja sin nada». Cogía los mejores trozos con la sonrisa en los labios: «Todo lo que entregamos a los pobres nos lo devuelven con abundancia». Seguía la línea de la me– jor tradición capuchina, reflejo luminoso del Poverello. La provi– dencia no le defraudaba nunca. Mientras realizaba toda esta tarea no soltaba el rosario de las manos. Cierto novicio se atrevió a llamarle santurrón, meapilas, hi– pócrita. Fray Conrado palideció y calló. Como le gustaba distribuir gran cantidad de bebida a los pobres, recomendó a fray Deodato que trabajaba en la cervecería: «Elabora mucha cerveza, pero lige– ra», y se sentía dichoso cuando la cerveza y los alimentos abunda– ban. Volvía a la puerta casi trotando, encorvado y cargado de cari– dad y sudor, como un buen samaritano, arrastrando tinajas pesadas
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