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CONRADO DE PARZHAM 183 Esto no le ahorró la lucha, el martirio, el sufrimiento gota a gota de un heroísmo monótono y diario. Algunas acusaciones, muy pocas en realidad, le tildaron de «santa ligereza» en ofrecer cerveza a los pobres y peregrinos y cuentan un acto de impaciencia. Un amigo del convento asegura que una vez fray Conrado perdió los estribos. Y no se retractó de su testimonio en los procesos. ¿Nos admiraremos de que el «santo portero» haya usado alguna frase malsonante o, mejor aún, algún exabrupto del dialecto bávaro? Puede ser una buena tonalidad dentro del cuadro de su santidad que destaque con más intensidad la delicadeza de sus contornos transformados por una santidad que nada tiene que ver con un cromo estereotipado. ¿Cuántas veces no tendría que re– petirse y remachar en su interior los once propósitos del noviciado? Durante el proceso hubo quien informó que no era conducta de santos dar de beber dos Mass, es decir, dos jarras de cerveza a una joven bavaresa con evidente peligro de emborracharla. El car– denal Faulhaber, tan sensible ante los problemas sociales, defendió al «santo portero» observando muy agudamente que aquella joven campesina probablemente no sería bávara si con dos vasos de cerve– za se mareaba. El hijo de Venusbauer Birndorfer conocía bien a los campesinos y a ... las campesinas, a pesar de que, como se dice, ¡nunca miró a la cara a una joven! Servir generosamente cerveza puso en peligro de suspender el proceso romano de san Conrado. Se le reprochaba como imprudencia las frecuentes y cariñosas invi– taciones como ésta: «Animo, bebe otro vaso». Mas, un vaso de cerveza o de agua en las manos del santo son gestos de santidad y tienen, según el evangelio, su recompensa. «En cada persona, dice Timmermans, existen dos naturalezas: así como en el origen de una ciudad encontramos una capilla e in– mediatamente junto a ella se edifica una taberna, así es el alma popular: es, al mismo tiempo, piadosa y mundana, dotada de un fuerte impulso hacia las realidades terrenas y sana alegría de la vida y de una espontánea e irrefrenable tendencia mística». El «santo portero» conocía muy bien las pobres barcas que echaban anclas al socaire del convento de Santa Ana, buscando alivio. Esperaba sus peticiones como un mendigo su limosna. Sabía cómo arreglárse– la con los caprichos y fantasías de sus pobres; su deseo más ardiante
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