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CONRADO DE PARZHAM 181 dan vueltas las gentes devotas, pequeños y grandes. Aquí se palpa de modo impresionante el alma religiosa de un pueblo. Conrado de Parzham se sumerge silenciosamente en esta reli– giosidad mariana con todo el fervor de su espiritualidad franciscana y capuchina. Se produce una sintonía perfecta y un enriquecimiento recíproco. Esta influencia recíproca y esta relación vital brotan de un trabajo sin un momento de reposo y, visto desde fuera, sin im– portancia, sin tocar la historia, un trabajo igual al de otros porte– ros. Un portero es un portero y nada más. ¡Incluso si por espacio de 41 años abre y cierra la puerta del convento de Santa Ana! Sin embargo, tan solo él recibe el nombre de «portero santo». Precisa– mente, aquí reside la maravilla, como lo afirman todos los testigos: ¡tantos años, con fidelidad invariable, siempre sereno y paciente, siempre en su puesto, siempre ocupado en su humilde tarea, nunca aburrido, nunca desbordado por la enorme monotonía del deber or– dinario! «En todo esto, como dice Pío XI, dio pruebas extraordina– rias de diligencia, de perspicacia, de educación y tacto. Recordemos cómo se estima a los porteros de los grandes palacios o de los hote– les. El portero lo es todo, el portero lo sabe todo , debe saber todo. Todos se dirigen al portero con la esperanza y hasta con el derecho de encontrar una respuesta satisfactoria». Con todo, los primeros tiempos fueron bastantes amargos. Na– die esperaba que a un novicio rechén salido se le confiase tan gran responsabilidad. Naturalmente, se despertaron algunas envidias, ce– los, y se elevaron algunas quejas. Algunos religiosos ancianos del propio convento lo trataron duramente como si fuera un molesto contrincante; ni una celda querían proporcionarle. Los primeros su– periores, tal vez por mortificar su espíritu, lo trataron bruscamente: «¿No sabes que estás aquí por caridad, que comes el pan del con– vento por misericordia?». Finalmente los religiosos se rindieron ante la evidencia. Fray Conrado era el portero que se necesitaba en Al– totting. La envidia dio paso a la admiración. Muchos años después fray Conrado se confiaba a un religioso: «Aquellos años fueron muy duros para mí». Sufría mucho a causa de su carácter tímido y reservado. En la portería veía y palpaba la gloria y la miseria del mundo y temía perder el espíritu de la oración y devoción. Por otra parte, estaba

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