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176 «el Señor me dio hermanos» día más fuerte, pero no sabía por cual decidirse. Al fin, su confesor Dullinger le abrió los ojos: «Vete a los capuchinos. Allí está tu puesto». Parece que lo estaba esperando. Estaba llamado a ser el administrador y luego el heredero de la hacienda Venus. Renunció. Dejó su herencia a la parroquia de Weng para que agrandara el cementerio, a los pobres, a la Unión de San Bonifacio de Altotting y al párroco de Laufen para sosteni– miento de la nueva Unión misionera de San Luis de Munich. Vesti– do ya de postulante, reunió ante su altar privado de la habitación a todos su familiares. «Nos dirigió un hermoso e instructivo discur– so, inolvidable para mí», recuerda uno de los testigos, pero, desgra– ciadamente, sin referirnos el contenido. Sobre las tapas de su Kem– pis (La Imitación de Cristo) escribió en gótico cursivo: «Viva Jesús y María, única alegría de quien ama a Dios y no desea otra cosa, sino a Cristo crucificado». Era el mes de septiembre de 1849. Los años de formación capuchina Tenía 31 años cuando llamó a la puerta de los capuchinos en Altotting. Lo recibió como postulante el superior del convento, pa– dre Tomás Hacker. Pasados seis meses, recibió el hábito de terciario franciscano que, por otra parte, ya le pertenecía. Desde ahora se llamará Conrado por san Conrado de Piacenza, eremita franciscano del siglo XIV. Su destino fue ayudante del portero. Le costó mucho al principio, como ·él mismo escribe a sus her– manos, pero pronto se acostumbró: «Tengo el tiempo tasado para rezar y para trabajar y muy poco para otras cosas. En los días de fiesta hay mucho que hacer en la portería. Vivo contento, estoy bien, no me falta nada. Los religiosos son muy buenos. Nos quere– mos, no estamos tristes sino felices en el Señor. Somos 21 religio– sos, 11 no clérigos y 10 sacerdotes. En los primeros días me resultó bastante difícil la convivencia entre tantas personas a causa de mi timidez. Pronto los conocí y ahora me va mejor; me he esforzado por saber sus nombres ... porque en la portería la gente unas veces pregunta por uno, otras por otro. Ahora, gracias a Dios, los conoz– co por sus nombres y sé de memoria hasta las celdas de cada uno ... »
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